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El año de 1777 se creaba la Capitanía General de Venezuela y se establecían los límites territoriales que aún hoy configuran nuestro territorio nacional. Ese mismo año nació en la ciudad de Trujillo un niño que en el andar del tiempo debía convertirse en héroe y mártir de la causa emancipadora: Vicente de La Torre.

Su padre, don Ramón de La Torre y su madre, doña Pascuala Abreu, pertenecen a la nobleza territorial y son propietarios de haciendas en las comarcas de Escuque y Betijoque. Con su padre, Vicente se trasladaba frecuentemente a Escuque y recorrían las fincas que se extendían hasta el poblado de Betijoque, adquiriendo así conciencia del poder económico de la familia, una de las más ricas de la provincia trujillana.

Para el año de 1800 (comienzo del Siglo XIX) Vicente de La Torre es ya un joven de 23 años de edad que comparte con su padre las más diversas inquietudes concernientes a los intereses de la familia y a la marcha de los acontecimientos en España y en Caracas. Don Vicente de La Torre se mueve sin cesar entre sus fundos y la ciudad de Trujillo. Desde el momento mismo en que los pueblos de Trujillo se han encaminados a la independencia del país, don Vicente de La Torre, joven terrateniente de 24 años, se muestra entusiasta partidario de la autonomía primero y luego de la emancipación definitiva. Es nombrado Alcalde de la Villa de Escuque, asume sus funciones con gran responsabilidad y se hace celoso guardían del orden establecido en Venezuela a partir del 5 de julio; se hace apasionado lector de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; estudia con cuidado las disposiciones de la Constitución aprobada por el Congreso.

Por encargo del gobierno provincial trujillano, don Vicente de La Torre, secundado por otro hacendado llamado Ramón Méndez, comanda los destacamentos trujillanos y en El Cenizo, y en Los Llanos de Valerita propina derrotas contundentes al enemigo realista. El Capitán de La Torre recibe informes de que su esposa, sus primas y tres de sus hijos han sido detenidos en las vegas del Río Motatán. El Capitán entonces resuelve convertir su fuga en resistencia activa y forma con cincuenta hombres de su hacienda "El Cequión" una guerrilla, con la colaboración de su hija mayor Barbarita y varios oficiales. La guerrilla de La Torre propina constantes reveses a los destacamentos enviados en su persecución por el Gobernador Farías. Pasan dos años sin que éste logre pacificar el territorio bajo su mando. Se decide entonces a solicitar la ayuda de un aguerrido jefe realista que controla con fuerzas considerables las tierras de Carora y Siquisique, conocido como el Indio Reyes Vargas. Este jefe se desplaza hacia Trujillo y emprende la ofensiva contra los guerrilleros de La Torre.

El primer encuentro ocurre en el sitio "Los Amadores", de las llanadas de Monay, de donde el jefe patriota se retira prudentemente ante la superioridad numérica y en recursos bélicos del adversario. En nuevo encuentro en el lugar denominado "La Ceibita", en la zona baja próxima al Lago, repite la maniobra, de La Torre. Sin permitir que Reyes Vargas diezme su pequeña fuerza el Capitán de La Torre, ataca y se retira, dejando por supuesto heridos que son de inmediato liquidados por la implacable ferocidad del jefe realista.

El Capitán de La Torre busca en su repliegue constante aproximarse a su base logítistca "El Cequión", fundo de su propiedad cercano a Betijoque. Durante las escaramuzas entre el grupo guerrillero y los realistas, Barbarita, y los otros oficiales han permanecido firmes, dando muestras de indomable coraje. Los guerrilleros se asombran ante la serenidad y audacia de Barbarita en los momentos más conflictivos. Pero en uno de esos momentos, cuando Barbarita efectúa una maniobra de reconocimiento, se ve rodeada por el enemigo que de inmediato la captura y remite al Gobernador Farías como trofeo inapreciable. Al recibir el Capitán de La Torre este funesto parte, enmudece y un sudor frío surca su frente. Se Trata de su hija predilecta, del alma de la resistencia. Piensa en la suerte infame que puede sufrir su hija en manos de los desalmados sicarios monárquicos. Decide entonces proponer a Farías entregarse como rehén a cambio de la libertad de la heroica muchacha. Farías, de inmediato acepta la proposición, y de La Torre, después de dar de baja a los integrantes de su pequeña fuerza, se pone en manos de los realistas.

La ciudad de Trujillo es seno de los más encontrados sentimientos. El Gobernador Farías y sus secuaces se muestran jubilosos: ha terminado para ellos una pesadilla de más de dos años. El mandatario está dispuesto a dar un escarmiento con la ejecución del Capitán de La Torre. Los trujillanos tratan de persuadirlo de que tal medida no es conveniente, porque habrá de recrudecer el odio y generar propósitos de venganza en muchos de los amigos y partidarios del guerrillero. Pero de nada valen las súplicas, los razonamientos y las representaciones suscritas por los más respetables representantes de las familias locales. Francisco Farías, fanático, intolerable, insensible, lleva adelante su designio exterminador y el Capitán Vicente de La Torre, con el mismo valor y la impávida entereza con que había defendido su causa, subió al patíbulo instalado en una plazoleta situada frente a la puerta lateral de la Iglesia Nuestra Señora de la Chiquinquirá, en la vieja urbe donde tres años antes el Libertador había suscrito el tremendo decreto de la Guerra a Muerte.

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