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Valera,
en 1919, era la joven ciudad trujillana de residencias
de aspecto colonial, unas techadas con la tradicional
teja frailera y otras cubierto su caballete con la palma
vernácula, pero todas provistas de patios y corrales
numerosos, en una de esas moradas antañosas, hogar
de don Manuel María Terán Labastida y doña
Rosa Madrid Carrasquero, nació Ana Enriqueta Terán.
En el hogar de los Terán-Madrid, matrimonio joven,
alegre, de costumbres plácidas y cordial disposición
al palique, apenas se hablaba de política, aunque
era imposible eludirla del todo; allí se piensa
en el pasado como en un compromiso para el quehacer futuro.
Ana Enriqueta Terán crece en aquel ambiente en
que se conjugan el regocijo y la gravedad, donde el hecho
fútil o la ardua circunstancia se perciben y aprecian
en su marco adecuado. De su madre y de meritorias maestras
valeranas recibe Ana Enriqueta los conocimientos elementales,
las primeras letras, junto con la evocación de
mujeres que en la propia tierra de nacimiento vivieron
y laboraron en provecho de todos.
A los doce años Ana Enriqueta Terán ha comenzado
a hilvanar sus primeros encajes líricos. Las familias
notables de Valera acogen a Andrés Eloy Blanco
con simpatía y muestras de solidaria admiración.
Ana Enriqueta, le lleva sus versos iniciales al poeta,
quien los lee complacido, apreciando en la incipiente
creación lírica los gérmenes de una
futura gran representante de las letras venezolanas.
Después de 1935 la joven poetisa se traslada a
Puerto Cabello y luego a Caracas, donde prosigue estudios
de educación secundaria en el Colegio San José
de Tarbes y comienza a establecer, con la timidez propia
de una chica provinciana, acometida a ratos por congénitos
impulsos de osadía, relaciones intelectuales y
poetas, algunos parientes y otros paisanos. Una tarde
de 1940 se celebra por iniciativa del Ateneo de Caracas
el Festival de la Décima como homenaje a Alberto
Arvelo Torrealba, en este acto participan los más
destacados poetas venezolanos del momento, cuando toca
el turno a Ana Enriqueta, quien lleva a esa hermosa fiesta
del lirismo popular la voz de la montaña.
Después de este bello evento al que Ana Enriqueta
Terán acude rebosante de hermosura, de música
y candor provinciano, la poetisa comienza su verdadera
andanza hacia la plenitud poética. Sus versos,
conservando los acentos y esencias de la tierra andina,
recogen en lo adelante los efluvios de los espacios cálidos
y las brisas, aromas y voces del mar, a veces plácido
y a veces tormentoso.
En 1946 publica su primer libro "Al Norte de la Sangre",
que alcanza gran resonancia en los círculos literarios
del país. Le siguen "Presencia Terrena",
en 1949, y el mismo año "Verdor Secreto".
Estas primeras obras de plenitud evidencian la raíz
clásica de la poetisa. Ella dirá más
tarde a su conterránea la periodista Paula Rivero:
En mi casa se leía a los clásicos y se les
manejaba. Mi madre (Rosa Madrid) me inició en su
lectura y digo mi casa, en vez de decir desde el principio
mi madre, porque verla a sus ojos, su reciedumbre, era
descubrir la casa entera, su fortaleza. Para vivir no
bastaban los corredores y sus ojos, su temple, la fuerza
que imprimía a sus actos y a la vez la seducción
que imponía a sus pasos. Todo en ella era feminidad,
amor y devoción a los clásicos. Como dice
la misma Ana Enriqueta para su labor de creación
sus "sentidos son cinco antenas". De aquí
que su obra lírica encierra luz, y a veces tinieblas,
pinceladas de la montaña, la llanura y el mar,
perfumes, flores, música, piedras y roces fruicionantes.
Todo aprisionado en el rigor de los antiguos metros -octosílabo,
endecasílabo, alejandrinos- o expandido en los
alucinantes espacios del verso libre.
El triunfo que le proporcionan sus primeros volúmenes
la llevan a actuar en otras áreas. Así la
vemos designada como Agregada Cultural en las Embajadas
de Venezuela en Buenos Aires y Montevideo, donde se relaciona
con poetas y escritores argentinos, uruguayos, chilenos
que la estiman y comunican sus plurales alientos. Y se
torna, como Teresa de Jesús "Fémina
inquieta y andariega". Un día se la ve caminar
por las sureñas avenidas de Buenos Aires, Río
de Janeiro, Santiago; otro día aparece su silueta
cautivante transitando por los Boulevares de París
o por las vías de Roma, o por las calles de Madrid
o por las Rúas de Lisboa. De nuevo retorna a Caracas,
se refugia en La Entrada, cerca de Valencia, va a La Asunción,
demora en Morrocoy, y flota entre algas, líquenes
y peces iluminados. Entre tanto sale de su entrañable
laboratorio lírico el "Libro en cifra nueva
para alabanza y confesión de islas", "De
Bosque a Bosque", "El Libro de los Oficios"
y "Música con pie de salmo". Después
de tanto andar, tanto escribir, tanto crear, Ana Enriqueta
Terán siente el llamado de la montaña nativa,
a ella se dirige y en uno de sus pueblos silenciosos,
Jajó, se detiene para seguir laborando circundada
de sueños y recuerdos. En febrero de 1985, una
magna asamblea de conterráneos consagrados a las
labores del intelecto -el Primer Simposio de Literatura
Trujillana bajo la advocación de don Mario Briceño
Iragorry- propone su candidatura para el Premio Nacional
de Literatura. Transcurren cuatro años antes de
que tal proposición se convierta en realidad. En
su casona de Jajó, la poetisa recibe la noticia
y las felicitaciones de sus conterráneos y al ser
interrogada sobre si estaba esperando el máximo
galardón oficial, responde: En absoluto, mi poesía
nunca ha esperado premios.
Siempre he escrito por imperativos profundos. Este premio
es un reconocimiento, no un estímulo, a esta edad
ya me quedó sola con la poseía.
(Información obtenida del libro "Gente de
Venezuela", Tomo II, del autor Jorge Maldonado Parrilli.)
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