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Valera, 1º de Febrero de 2002
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Valera, en 1919, era la joven ciudad trujillana de residencias de aspecto colonial, unas techadas con la tradicional teja frailera y otras cubierto su caballete con la palma vernácula, pero todas provistas de patios y corrales numerosos, en una de esas moradas antañosas, hogar de don Manuel María Terán Labastida y doña Rosa Madrid Carrasquero, nació Ana Enriqueta Terán.

En el hogar de los Terán-Madrid, matrimonio joven, alegre, de costumbres plácidas y cordial disposición al palique, apenas se hablaba de política, aunque era imposible eludirla del todo; allí se piensa en el pasado como en un compromiso para el quehacer futuro.

Ana Enriqueta Terán crece en aquel ambiente en que se conjugan el regocijo y la gravedad, donde el hecho fútil o la ardua circunstancia se perciben y aprecian en su marco adecuado. De su madre y de meritorias maestras valeranas recibe Ana Enriqueta los conocimientos elementales, las primeras letras, junto con la evocación de mujeres que en la propia tierra de nacimiento vivieron y laboraron en provecho de todos.

A los doce años Ana Enriqueta Terán ha comenzado a hilvanar sus primeros encajes líricos. Las familias notables de Valera acogen a Andrés Eloy Blanco con simpatía y muestras de solidaria admiración. Ana Enriqueta, le lleva sus versos iniciales al poeta, quien los lee complacido, apreciando en la incipiente creación lírica los gérmenes de una futura gran representante de las letras venezolanas.

Después de 1935 la joven poetisa se traslada a Puerto Cabello y luego a Caracas, donde prosigue estudios de educación secundaria en el Colegio San José de Tarbes y comienza a establecer, con la timidez propia de una chica provinciana, acometida a ratos por congénitos impulsos de osadía, relaciones intelectuales y poetas, algunos parientes y otros paisanos. Una tarde de 1940 se celebra por iniciativa del Ateneo de Caracas el Festival de la Décima como homenaje a Alberto Arvelo Torrealba, en este acto participan los más destacados poetas venezolanos del momento, cuando toca el turno a Ana Enriqueta, quien lleva a esa hermosa fiesta del lirismo popular la voz de la montaña.

Después de este bello evento al que Ana Enriqueta Terán acude rebosante de hermosura, de música y candor provinciano, la poetisa comienza su verdadera andanza hacia la plenitud poética. Sus versos, conservando los acentos y esencias de la tierra andina, recogen en lo adelante los efluvios de los espacios cálidos y las brisas, aromas y voces del mar, a veces plácido y a veces tormentoso.

En 1946 publica su primer libro "Al Norte de la Sangre", que alcanza gran resonancia en los círculos literarios del país. Le siguen "Presencia Terrena", en 1949, y el mismo año "Verdor Secreto". Estas primeras obras de plenitud evidencian la raíz clásica de la poetisa. Ella dirá más tarde a su conterránea la periodista Paula Rivero: En mi casa se leía a los clásicos y se les manejaba. Mi madre (Rosa Madrid) me inició en su lectura y digo mi casa, en vez de decir desde el principio mi madre, porque verla a sus ojos, su reciedumbre, era descubrir la casa entera, su fortaleza. Para vivir no bastaban los corredores y sus ojos, su temple, la fuerza que imprimía a sus actos y a la vez la seducción que imponía a sus pasos. Todo en ella era feminidad, amor y devoción a los clásicos. Como dice la misma Ana Enriqueta para su labor de creación sus "sentidos son cinco antenas". De aquí que su obra lírica encierra luz, y a veces tinieblas, pinceladas de la montaña, la llanura y el mar, perfumes, flores, música, piedras y roces fruicionantes. Todo aprisionado en el rigor de los antiguos metros -octosílabo, endecasílabo, alejandrinos- o expandido en los alucinantes espacios del verso libre.

El triunfo que le proporcionan sus primeros volúmenes la llevan a actuar en otras áreas. Así la vemos designada como Agregada Cultural en las Embajadas de Venezuela en Buenos Aires y Montevideo, donde se relaciona con poetas y escritores argentinos, uruguayos, chilenos que la estiman y comunican sus plurales alientos. Y se torna, como Teresa de Jesús "Fémina inquieta y andariega". Un día se la ve caminar por las sureñas avenidas de Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago; otro día aparece su silueta cautivante transitando por los Boulevares de París o por las vías de Roma, o por las calles de Madrid o por las Rúas de Lisboa. De nuevo retorna a Caracas, se refugia en La Entrada, cerca de Valencia, va a La Asunción, demora en Morrocoy, y flota entre algas, líquenes y peces iluminados. Entre tanto sale de su entrañable laboratorio lírico el "Libro en cifra nueva para alabanza y confesión de islas", "De Bosque a Bosque", "El Libro de los Oficios" y "Música con pie de salmo". Después de tanto andar, tanto escribir, tanto crear, Ana Enriqueta Terán siente el llamado de la montaña nativa, a ella se dirige y en uno de sus pueblos silenciosos, Jajó, se detiene para seguir laborando circundada de sueños y recuerdos. En febrero de 1985, una magna asamblea de conterráneos consagrados a las labores del intelecto -el Primer Simposio de Literatura Trujillana bajo la advocación de don Mario Briceño Iragorry- propone su candidatura para el Premio Nacional de Literatura. Transcurren cuatro años antes de que tal proposición se convierta en realidad. En su casona de Jajó, la poetisa recibe la noticia y las felicitaciones de sus conterráneos y al ser interrogada sobre si estaba esperando el máximo galardón oficial, responde: En absoluto, mi poesía nunca ha esperado premios.

Siempre he escrito por imperativos profundos. Este premio es un reconocimiento, no un estímulo, a esta edad ya me quedó sola con la poseía.

(Información obtenida del libro "Gente de Venezuela", Tomo II, del autor Jorge Maldonado Parrilli.)

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