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En
una zona rural muy cercana a la vieja ciudad de Trujillo
el 13 de junio de 1863 un niño a quien sus padres
pusieron el nombre de Estanislao como su progenitor.
Llevado en los primeros años de su vida a la ciudad,
recibió la primera enseñanza de dos viejos
maestros: Rafael Castillo y Eugenio Salas Ochoa. Padres
y maestros extremaron sus cuidados para que el joven trujillano
recibiera a tiempo conocimiento y principios elementales,
tanto en el orden moral como en el intelectual, lo cual
explica la excelencia de su conducta y lucidez de su inteligencia
llegando el momento de enfrentar las responsabilidades
en el estudio y en la vida.
Cursa la enseñanza secundaria en el Colegio Nacional
de Primera Categoría, luego Colegio Federal de
Varones (hoy liceo Cristóbal Mendoza), bajo la
dirección de eximios pedagogos como don Francisco
de Paula Martínez y don Rafael María Urrecheaga.
Luego pasa a la ciudad de Mérida para encauzar
su vocación en las aulas del Seminario emeritense.
A los veintitres años de edad recibe las órdenes
sacerdotales de manos de Monseñor Ramón
Lovera, Obispo de la Diócesis andina. Regresa a
su terruño nativo y comienza una de las más
claras gestiones espirituales que se han realizado en
aquella región. Pero no sólo eso. Paralela
a su dedicación como pastor de la grey trujillana,
continúa en su propósito de superación
intelectual. Así le vemos obtener en 1890 en el
mismo colegio donde cursara su bachillerato, el título
de Doctor en Ciencias políticas.
Se incorpora luego al personal docente del venerable instituto
que ha nutrido su inteligencia. Con su actividad de catedrático
y con la iniciativa de sostener en su propia casa de habitación
una escuela nocturna destinada a los hijos de los trabajadores,
imposibilitados de concurrir a planteles diurnos por la
necesidad de ayudar a sus padres en el trabajo, como sacerdote
cristiano da el ejemplo, en la práctica sistemática
de una obra de misericordia particularmente importante
para el pueblo: enseñar al que no sabe.
Trujillo ha sido pródigo en sacerdotes eminentes
y ejemplares. Pero difícilmente se podría
encontrar otro más sembrado y arraigado en el afecto
total de la comunidad trujillana, como Monseñor
Estanislao Carrillo. Desde muy joven, como puede inferirse
de lo expuesto, dedica su vida por entero al servicio
de sus conterráneos. Su casa está siempre
abierta para todos. Pobres y ricos acuden a ella en procura
de orientación, de consuelo o simplemente de socorro
material. Monseñor Carrillo a todos orienta, a
todos consuela, con todos comparte su mesa y sus bienes.
Los trujillanos cultos mayores de cincuenta años
ven en Monseñor Carrillo una versión vernácula
de Monseñor Bienvenido, el extraordinario personaje
de Víctor Hugo, que llena de hondo sentido cristiano
las páginas de "Los Miserables".
En viejas crónicas de la región aún
puede leerse un episodio que revela cómo Monseñor
Carrillo, a la vez que sacerdote ejemplar, es también
ejemplar ciudadano, capaz de encabezar la protesta contra
la injusticia proveniente de la autoridad. Fue cuando
un anciano súbdito italiano, avecindado en Trujillo,
resultó vejado y se trata de reducirlo a prisión
por orden de un gobernante arbitrario. Monseñor
Carrillo hace repicar las campanas para convocar a la
ciudadanía, informarle del atropello e incitarla
a la protesta contra el desmandado régulo. La inmensa
multitud que se congrega en los alrededores de la residencia
del ofendido hace que se revoque el propósito de
detenerlo.
Monseñor Carrillo falleció en su vieja ciudad
en el año de 1953. Sus funerales fueron de una
solemnidad impresionante. Todo el pueblo se reunió
en el viejo templo matriz para darle su despedida, esta
podría decirse que nunca se hizo efectiva, porque
el recuerdo del venerable sacerdote aún está
vivo en cada trujillano, plasmado en una hermosa estatua
ubicada en el parque de San Jacinto, hoy parroquia urbana
de la ciudad de García de Paredes, y se hace presente
a todos los que visitan la urbe en una lápida marmórea
colocada en la pared frontal de la antigua residencia
del pastor, lápida que reproduce el soneto del
notable poeta trujillano Rafael Angel Barroeta, en el
cual se trata magistralmente la silueta de Monseñor
Carrillo, como puede advertirse en sus dos estrofas finales:
"Humilde, sabio, compasivo y bueno
con esa abnegación del Nazareno
vive el placer lo mismo que el quebranto.
Sabed, pobre gente envanecida
que bajo esa sotana desvaída
se oculta el alma incólume de un santo".
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