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Nicanor
Mejía, boconés, y Josefa Rumbos, mendocina,
conforman un matrimonio ejemplar del cual nacen: Miguel
Antonio, José Amando, Nicanor, Alfonso, Débora,
Filomena, Josefa Antonia y Hercilia. Los cuatro varones
forman parte importante de la vida venezolana, donde se
destacan como hombres de bien, debido a su gran dinamismo
y la vocación de servicio demostrada a lo largo
de sus vidas.
Nicanor Mejía fue odontólogo, de gran competencia
y profundo sentido de su deber profesional. Hechos sus
estudios en la Universidad de Los Andes, se residenció
en Boconó, donde ejerció su profesión
y se acreditó como hombre serio, honesto, idóneo
y sensible a los problemas de sus coterráneos,
por lo cual toda la comunidad boconesa le mostró
invariable aprecio y lo honró como a hijo distinguido.
José Amado Mejía, como su hermano, cursó
estudios de Derecho en la vieja universidad andina y llegó
a ser uno de los más notables juristas de su tiempo.
Brilló en el foro y en la cátedra, ejerció
con derecho la magistratura judicial y llegó a
ser magistrado y presidente de la Alta Corte Federal y
de Casación (hoy Corte Suprema de Justicia). En
los voluminosos informes de la Corte aún estudiantes
y profesionales pueden encontrar las brillantes piezas
jurídicas de que fue ponente en el Tribunal Supremo,
piezas cargadas de enseñanzas y conceptos de alto
valor doctrinario. Hombre formado en la escuela de los
principios, a ellos se atuvo siempre con peculiar firmeza
a lo largo de su vida y de su actuación de servidor
público.
Alfonso Mejía fue quizás el más conocido
en el ámbito nacional de estos cuatro hombres nacidos
en la historiada tierra trujillana. La primera etapa de
su ejercicio profesional como abogado transcurrió
en la ciudad de Valera, donde llegó a tener fama
de ser uno de los más combativos e inteligentes
litigantes del estado Trujillo. Durante el largo período
de gobierno del General Juan Vicente Gómez, el
Dr. Alfonso Mejía observó una conducta ajena
a los halagos de la cosa pública, dedicado a sus
actividades forenses. Intelectualmente participó
en planes conspirativos encaminados a derribar la dictadura
del General Gómez. Terminado aquel período
de la historia nacional, el Dr. Alfonso Mejía aparece
entre los primeros ciudadanos llamados a colaborar en
el régimen transicional presidido por el General
Eleazar López Contreras.
Desde el año de 1936, vemos al Dr. Alfonso Mejía
actuar en diversos cargos como uno de los más notorios
colaboradores del General López Contreras; Ministro
de Agricultura y Cría, Secretario de la Presidencia
de la República, Gobernador del Distrito Federal
y Ministro de Relaciones Interiores, tales son los destinos
que asume el Dr. Alfonso Mejía, en el quinquenio
comprendido entre 1936 y 1941. Es lógico que esta
intensa e ininterrumpida actuación ha sido objeto
de los más diversos y encontrados criterios analíticos.
Pero algo que no se discute en la trayectoria del Dr.
Alfonso Mejía, y es su firmeza de carácter,
su pulcritud administrativa y la responsabilidad con que
asume todos sus actos de hombre público y su competencia
en el manejo de los múltiples y complejos problemas
que se ve obligado a confrontar.
Miguel Antonio Mejía, sin duda, el mejor dotado
de estos cuatro trujillanos unidos por el lazo de la consanguinidad
y por el vínculo del sentir y del pensar forjado
en el seno mismo de la familia mendocina. Miguel Antonio
Mejía sigue los impulsos de su vocación
sacerdotal, estudia con indeclinable constancia y llega
a ser uno de los más eminentes personeros del clero
venezolano.
En Valera, la ciudad de sus afectos, ejerce las funciones
de vicario. A la vez funda el Colegio Santo Tomás
de Aquino, donde se forman trujillanos eminentes como
José Domingo Tejera, Mario Briceño Iragorry
y José Nicómedes Rivas. Con una incontenible
carga de combatividad, Monseñor Mejía ocupa
las páginas de la prensa regional para polemizar
con los escritores regionales pocos avenidos con las dogmáticas
concepciones del tomismo militante. Así lo vemos
empeñado en encendidas discusiones con el entonces
joven intelectual Américo Briceño Valero
y con el controversial escritor Víctor Rosa Martínez,
de corte volteriano. La inolvidable Revista "Cosmos"
editada por don Pompeyo Oliva en Valera, es el campo donde
se dirimen estas gallardas contiendas del pensamiento
trujillano de fines del siglo XIX y principios del XX.
Miguel Antonio Mejía, en 1924, es escogido para
gobernar la Diócesis de Guayana por ausencia de
su titular Monseñor Sixto Sosa, quien pasa a ocupar
la silla episcopal de Cumaná. Uno de los primeros
actos del obispo Mejía antes de dirigirse a Guayana,
es visitar al General Gómez en su residencia de
Maracay para solicitarle encarecidamente la libertad del
General Román Delgado Chalbaud, prisionero en las
ergástulas gomecistas y cuyo nombre, según
don Mario Briceño Iragorry, no se atrevían
a pronunciar los áulicos ante el inexorable mandatario.
Monseñor Mejía es uno de los prelados más
sabios y vigorosos de Venezuela. Su gestión en
Guayana se caracteriza por la firmeza, la seriedad y el
celo en la observancia de los principios apostólicos.
De visita en Roma, el Santo Padre lo recibe, y creyéndolo
desconocedor del idioma italiano y poco versado en el
latín, trata de comunicarse con el prelado venezolano
por mediación de un traductor. Monseñor
Mejía contesta la palabra de salutación
del Pontífice en el más elegante y escogido
vocabulario latino. Así demuestra al Jefe de la
Cristiandad cómo esta cuenta con varones realmente
cultos en un remoto país, sólo conocido
en el viejo continente por sus productos agrícolas
y por su atraso.
Tal es el ligero boceto de estos cuatros trujillanos que
se recuerdan en su tierra por su incesante actividad como
hombres, como ciudadanos y como tenaces practicantes del
deber entendido conforme a su formación y a sus
principios.
(Información
obtenida del libro "Gente de Venezuela", Tomo
II, del autor Jorge Maldonado Parrilli.)
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