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José
Gregorio Hernández nace el 26 de octubre de 1864
en un apartado pueblecito -Isnotú- de los Andes
trujillanos. Su infancia transcurre en medio de un paisaje
idílico donde los terraplanes andinos se proyectan
sobre los llanos de El Cenizo hasta las riberas del Lago
de Maracaibo. En su adolescencia se traslada a la ciudad
de Trujillo para estudiar el bachillerato en el Colegio
Federal de Varones que aún existe bajo la denominación
de Liceo Cristóbal Mendoza. A mediados de la década
del ochenta del siglo pasado lo encontramos ya en Caracas
consagrado a sus estudios de medicina en la Universidad
Central. Al graduarse en 1888 regresa a su región
para ejercer consecutivamente en los estados Trujillo,
Mérida y Táchira. Cumplida su deuda de servicio
con la tierra nativa se va de nuevo a Caracas donde comienza
su actuación en grande como científico,
como filósofo y como filántropo en la más
plena acepción de estos términos.
Al año de ejercicio profesional, por recomendación
muy efusiva de uno de sus profesores, el Dr. Calixto González,
es enviado a Europa por el Presidente de la República,
Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, para continuar estudios
de postgrado en las universidades de París y Berlín.
El acopio de conocimientos que adquiere y su vigoroso
temperamento de investigador lo convierten en el término
de tres años en un joven sabio que vuelve a Venezuela
a desplegar la más fecunda actividad investigativa,
docente y asistencial. Funda la cátedra de Histología
Normal y Patológica; así mismo imparte a
sus alumnos conocimientos sobre bacteriología y
fisiología experimental. Al mismo tiempo se ocupa
de sus pacientes que aumentan de día en día,
a medida que crece su fama de gran médico y hombre
de honda sensiblidad ante las precarias condiciones económicas
de la inmensa mayoría de los habitantes de Caracas
y su alrededores.
Para conocer con fundamentos serios la razón de
su prestigio como médico basta con leer el testimonio
de aquellos contemporáneos suyos que lo vieron
de cerca actuar. Su maestro de la Universidad de París,
el gran sabio francés Matías Duval, al dar
constancia de los estudios del joven médico venezolano
seguidos bajo su dirección, expresa textualmente:
"El Dr. Hernández ha trabajado asiduamente
en mi laboratorio y aprendido en él la técnica
histológica y embriológica; me considero
feliz al declarar que sus aptitudes, sus gustos y sus
conocimientos prácticos en estas materias hacen
de él un técnico que me enorgullezco de
haber formado".
El Dr. José Gregorio Hernández es, pues,
un científico de altísima calificación,
pero también es un filósofo cuyas convicciones
descansan en una sólida formación cristiana.
Expresión y síntesis de esta singular y
maravillosa dicotomía son dos libros suyos: "Elementos
de Bacteriología" y "Elementos de Fisiología".
Como científico actúa siempre ceñido
a la más precisa metodología experimental,
y como filósofo se orienta dentro de los principios
de la fe católica sustentados por Agustín
de Hipona, Bernardor de Claravel, Tomás de Aquino
y tantos otros padres de la Iglesia. En su condición
de católico militante, José Gregorio Hernández,
practica dos postulados esenciales: la caridad y la tolerancia,
con un sentido cabal que no humilla ni lesiona la dignidad
humana, ni hiere a quienes discrepan de sus creencias
religiosas. Ello explica el general sentimiento de elevada
estimación que inspira a todos los que lo conocen
y tratan, sin distingos de opiniones. De ese unánime
aprecio es testigo incontrastable lo dicho por uno de
sus colegas y adversarios, el sabio Luis Razetti, quien
sostiene en discurso pronunciado con motivo de su muerte
ocurrida trágicamente el 29 de junio de 1918: "Creía
que la medicina era un sacerdocio, el sacerdocio del dolor
humano y siempre tuvo una sonrisa desdeñosa para
la envidia y una caritativa tolerancia para el error ajeno.
Fundó su reputación sobre el inconmovible
pedestal de su ciencia, de su pericia, de su honradez
y de su infinita abnegación. Por eso su prestigio
social no tuvo límites y su muerte es una catástrofe
para la Patria".
En autorizados círculos ligados a las actividades
de la Iglesia Católica se habla hace algún
tiempo de la inminencia de la santificación de
nuestro insigne coterráneo el Dr. José Gregorio
Hernández, quien ya ha sido beatificado. Aún
se continúa esperando este ansiado acontecimiento,
cuya sola posibilidad llena de júbilo y renueva
constantemente la fe y el fervor de la comunidad católica
venezolana. La Iglesia es lenta, cuidadosa, y actúa
con extremada cautela antes de dar un paso decisivio en
este terreno. Pero es innegable que pueden ya apreciarse
avances muy significativos en tan delicado proceso ceñido
a la más severas y estrictas normas del derecho
canónico.
El pueblo venezolano que recibió y aún cree
recibir los beneficios de su prodigioso apostolado, se
ha adelantado con sabia osadía a considerarlo como
el santo de su devoción. La Iglesia Católica
con su sagrada atoridad ha de confirmar uno de estos días,
según el pronóstico de algunos de sus personeros,
esa consagración. Vox populi, vox Dei.
Información
obtenida del libro "Gente de Venezuela", Tomo
II, del autor Jorge Maldonado Parrilli.)
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