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Laudelino
Mejías nace en la vieja ciudad de Trujillo en los
últimos días de agosto de 1893. Es aquella
una época de atraso y pobreza generales. El ambiente
en que el futuro compositor ve la primera luz es triste
y humilde hasta el extremo. Corren tiempos de constantes
e interminables revueltas locales. Caudillos de contrario
signo y de irreconciliables antagonismos se enfrentan
día a día para dirimir sus diferencias pistola
o machete en mano. Así crece Laudelino, rodeado
de presagios funestos, entre la explosiones de la barbarie
que embota la sensibilidad e induce a los seres humanos
a transitar por las vías de la violencia. Apenas
tiene siete años de edad cuando la vieja ciudad,
el 20 de septiembre de 1900, se estremece empavorecida
por las llamaradas que envuelven la torre de la Iglesia
Matriz y gritos de odio y destrucción alternan
con las descargas de rudimentarias fusilería. No
era este el medio más propicio para el desarrollo
de una vocación artística. Y, sin embargo,
desde sus días infantiles, mostró su extraordinaria
aptitud para la música.
Bajo la autoría artística del Padre Esteban
Razquin, un sacerdote español llegado a Trujillo
a principios de siglo, Laudelino inicia su aprendizaje
como ejecutante de clarinete. El Padre Razquin, más
artista que sacerdote, según el decir del coterráneo
y poeta Alfonso Marín, consagra la mayor parte
de su tiempo a la docencia musical y a la formación
de un conjunto filarmónico, y es Laudelino uno
de sus discípulos más aprovechados y entusiastas.
Desde esos momentos iniciales se revelan en él
dos atributos que han de constituir la base de su personalidad:
una gran capacidad de trabajo y una constancia a toda
prueba. La bohemia juvenil que entonces se practicaba
y alternaba con tumultos y algazaras cautiva al novel
artista al igual que a todos los de su edad. Pero el espíritu
bohemio que en otros se traduce en abandono e irresponsabilidad,
en Laudelino es fuente de inspiración que no enerva
a su vigoroso impulso de ascenso y superación.
Ello determina que, a la vez que se diestra como ejecutante
en la Banda Filarmónica fundado por el Padre Razqui,
comienza a incursionar atrevidamente por los predios de
la composición.
En 1912, ya ausente el Padre Razquin, y fallecido Aparicio
Lugo, su sucesor en la dirección de la Banda Filarmónica,
Laudelino Mejías es designado para desempeñar
este cargo. Apenas tiene el flamante director 19 años
de edad. Pero su extraordinario temperamento artístico
y su absoluta seriedad como profesional le impirmen un
sello de madurez que lo acredita como el más idóneo
para la labor de conducción del ya importante conglomerado
musical. Con excepción de breves períodos
en Maracaibo, Valera y Ciudad Bolívar, la obra
musical de Laudelino Mejía se desenvuelve en su
ciudad natal y en estrecha vinculación con la Banda
fundado por el Padre Razquin, la cual áun existe
y lleva ahora el nombre del insigne autor de "Conticinio".
Las personas que antes de 1958 residenciaron en Trujillo,
guardan el recuerdo del maestro en sus tres actitudes
características: unas veces reclinado sobre su
mesa de trabajo copiando o arreglando partituras para
la Banda, otra al frente de la misma en los ensayos o
en la retreras de la Plaza Bolívar o de la Plaza
Sucre, y la tercera, por las tardes, a la puerta de su
casa, en palique festivo con los transeúntes para
quienes siempre tenía un saludo cordial o un salida
humorística.
Entre sus composiciones más conocidas están:
"Silencio Corazón", Alma de mi pueblo",
"Canto a mis montañas", "Contivionio",
"Imposible", "En las horas", "Mirando
al Lago", Merceditas", Despertando", "Isabel",
Amaneciendo, "Anocheciendo", "Trujillo",
Noche de Luna", "Déjame Soñar",
por nombrar sólo algunas.
Poemas Sinfónicos como: "Trujillo" y
"Mirabel", Paso Dobles "Cielo Andino",
"Murmullos del Castán", "De Trujillo
a Boconó", "La Negra Malcriada",
"El Mocho Leopoldo", y Marchas para las estaciones
radiofónicas: "Radio Trujillo", "Radio
VAlera", "La Voz del Táchira", y
Ondas de América", además de marchas
religiosas "viernes Santo" y "San Antonio".
Laudelino Mejías muere en la ciudad de Caracas
el 30 de noviembre de 1963, pero en Trujillo continúa
vigente su recuerdo y hoy su nombre se asocia a las má
variadas expresiones de la cultura regional: una moderna
vía urbana se la distingue como Avenida Laudelino
Mejías. Un importante centro educativo se llama
Ciclo Diversificado Laudelino Mejías. A la entrada
del Ateneo de Trujillo está ubicado un busto del
eximio artista, y el salón destinado en esta institución
a foros, exposiciones, conferencias y otros actos culturales,
es conocido con el nombre de Salón Laudelino Mejías.
De modo que en su tierra natal viene a ser el arquetipo
de los grandes personajes epónimos y es que Laudelino
Mejias vivió y trabajó para su tierra. A
ella dedicó su poder creador. Al incremento de
su cultura musical consagró sus esfuerzos, y su
sabiduría y experiencia de maestro estuvieron y
están al servicio de las nuevas generaciones de
artistas que hoy sustentan e impulsan el promisor movimiento
musical del estado Trujillo.
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