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Niquitao
es un pueblo situado cerca del picacho más alto
de los Andes trujillanos. En las proximidades de esta
pintoresca comunidad, en 1813, durante la Campaña
Admirable, se produjo un combate en el que las tropas
del Ejército Libertador, comandadas por los Generales
José Félix Ribas y Rafael Urdaneta derrotaron
a los realistas españoles. Según la leyenda
local, primorosamente recogida por don Tulio Febres Cordero,
el Padre Gamboa, párroco y patriota fervoroso como
la mayoría de los clérigos trujillanos,
organizó una rogativa entre los feligreses para
pedir a Dios y a todos sus santos se pusiesen de parte
de los patriotas en tal peligroso trance.
La rogativa, al salir al camino, fue tomada por los jefes
realistas como un numeroso refurezo que se acercaba en
ayuda de la causa emancipadora, lo cual les indujo a emprender
pesurosa retirada, dejando armas y prisioneros en poder
la renaciente República. En ese lugar bello y pintoresco,
fecundado por una hermosa tradición de amor a Venezuela
y de férvido cultivo de las creencias religiosas
bajo el signo de la Iglesia Católica, nació
el año 1848 Jesús Manuel Jáuregui
Moreno, Allí rodeado de leyendas patrióticas
y de prácticas fundadas en los preceptos del Evangelio,
transcurrió la infancia de este hombre que con
el tiempo debía llegar a ser un eminente representante
de los Andes venezolanos.
Aún joven, Jesús Manuel Jáuregui
Moreno se vio obligado a trasladarse con sus padres Francisco
Jáuregui Paredes y María Moreno a la población
de Mucuchíes, estado Mérida. En la nueva
residencia, bajo la dirección del Presbítero
Pedro Pérez Moreno, el joven Jáuregui, adquirió
los primeros conocimientos humanísticos y se afirmó
en su vocación sacerdotal. En 1868 el joven Jáuregui
Moreno manifestó su propósito de consagrarse
al sacerdocio y fue enviado a Mérida por su protector
y pariente el Padre Pedro Pérez Moreno. El Obispo
de la Diócesis, Monseñor Boset, lo coge
en su residencia y de inmediato comienza para Jáuregui
Moreno una etapa de su vida rica en aprendizaje y experiencias
destinadas a hacer de él uno de los más
cultos sacerdotes de la región andina. Cerrados
en aquel tiempo por decreto gubernamental los institutos
de formación del sacerdocio católico, el
propio Obispo Boset, profesor universitario y por ello
con mucha práctica docente, toma a su cargo la
preparación sacerdotal de Jáuregui Moreno.
El gran talento de éste y su indeclinable voluntad
de servir a Dios y a su patria, suplieron las presumibles
deficiencias determinadas por el escaso tiempo (tres años)
de sus estudios básicos. Sin embargo, Monseñor
Boset logró dotarlo de los conocimientos fundamentales
pertinentes a la filosofía y a la teología
y de este modo el joven sacerdote regresó a Mucuchíes
para ejercer su apostolado.
El Padre Jáuregui aprovecha los primeros años
de su actuación parroquial para perfeccionar sus
conocimientos. Obtiene libros. Estudia con tesón
nunca visto en aquellos tranquilos predios. Y llega a
participar muy airosamente en una ruidosa polémica
suscitada por una Pastoral de Monseñor Lovera.
En el Padre Jáuregui, además del autor evengélico,
se abre paso el educador vocacional, el maestro por excelencia.
Ha logrado conocimientos de teología, de filosofía,
de derecho, de matemática, de historia, de literatura,
de ciencias naturales; ha logrado aprender como autodidacta
en su frío aislamiento de Mucuchíes los
idiomas francés, inglés e italiano; ha profundizado
y logrado el dominio del castellano y alcanza a ser un
expositor fluido y comprensible, un escritor castizo y
elegante. Así contribuye poderosamente en la reapertura
del Seminario de la Diócesis andina y ya residenciado
en la ciudad tachirense de La Grita funda uno de los institutos
educacionales más importantes del occidente del
país; el Colegio del Sagrado Corazón de
Jesús, donde han de adquirir su preparación
básica hombres como Eleazar López Contreras,
Diógenes Escalante, Enrique María Dubuc,
Emilio Constantino Guerrero y muchísimos más
que dieron prestancia y rango como políticos, como
militares, como diplomáticos, como eclesiásticos
y como esritores a su nativa tierra andina.
Hombres de la talla moral e intelectual del Padre Jáuregui,
imbuido en las doctrinas de amor, de paz, de caridad y
de respeto a los semejantes tenía necesariamente
que malavenirse con los regímenes de violencia
de aquella época en que le corresponde actuar.
Así lo vemos perseguido, hostilizado, reducido
a prisión y finalmente llevado al exilio. Papa,
según el magnífico texto del Cardenal José
Humberto Quintero, "el crimen de haber querido apagar,
por sentimientos de caridad y patriotismo, el incendio
de una nueva guerra fracticida cuando apenas se levantaban
sobre el territorio patrio las primeras llamaradas".
Viaja por diversos países. En México llega
a ser profesor de Teología y Vicario General del
Obispado de Huajuapam; en Roma logra ser recibido por
su Santidad León XIII, el pontífice de la
célebre "Rerum Novarum", la primera encíclica
social de la Iglesia; en Turín departe con San
Juan Bosco y estudia el funcionamiento de los institutos
salesianos para aplicarlos en su plantel de La Grita,
y en todas parte a donde va busca nuevas enseñanzas,
útiles, con la esperanza de aplicarlas en beneficio
de su patria lejana.
En 1905, este ilustre varón venezolano, arquetipo
de bondad, paradigma de sacrificio, rindió su último
aliento, dejando a sus compatriotas una lección
de vida y de obra.
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