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Representa
el Dr. Ricardo Cifuentes Labastida el tipo de profesional
de la medicina con vasta cultura no sólo en su
ramo sino en el aspecto humanístico. Representa
asimismo al médico abnegado y con mística,
que ejerce su ministerio en todas partes, sin reparar
en incomodidades ni penurias. Se graduó en la Universidad
Central de Venezuela el año de 1914 y había
hecho sus estudios de primaria y secundaria en Trujillo.
Contrajo matrimonio con Eva Briceño Maldonado,
dama distinguida de aquella ciudad, donde permaneció
por dos años. Durante 24 años prestó
sus servicios en Valera, lugar de nacimiento (1888), y
desde 1941 hasta 1959 en el Oriente del país.
La capacidad del doctor Cifuentes Labastida como hombre
de letras es notoria en sus muchos escritos, regidos la
mayor parte de ellos por un estilo sobrio, fuerte a veces
cuando expone asunto de interés regional o privado,
y fluido y aún lírico en torno a determinadas
situaciones, personajes y ambientes. Con la mira del bien
público siempre, escribió asiduamente el
doctor Cifuentes Labastida en distintos órganos
de prensa de su región y del vecino estado Zulia
artículos de difusión científica,
útiles en extremo para la comunidad, como los relacionados
con Higiene Alimenticia, modelos de claridad didáctica,
sin adornos literarios y en forma tal, que resultaban
comprensibles hasta para individuos de las clases sociales
menos favorecidas por la educación. En este sentido
desarrolló el médico trujillano una labor
altamente encomiable. Fue la suya a través de la
prensa, una cátedra permanente de orientación
médica y sanitaria, tanto más valiosa y
oportuna, cuanto que para su tiempo los establecimientos
asistenciales eran pocos y los diarios y revistas nacionales
carecían de secciones fijas dedicadas a la dietética
y el tratamiento racional de las enfermedades.
Uno entre tantos ejemplos de los trabajos que sobre Higiene
Alimenticia publicó el doctor Cifuentes Labastida
("El Anunciador", Valera, 6 de abril de 1935),
se refiere a las funciones del hígado y a la mala
costumbre generalizada entonces de ingerir grasas con
exceso en las comidas. "El hígado desempeña,
como órgano digestivo, decía, la importante
función de digerir las grasas, transformándolas
en principios asimilables e impidiendo su putrefacción.
Los trópicos y los climas tórridos reflejan
notablemente las funciones del hígado dando lugar,
a causa de la insuficiencia de bilis segregada, a frecuentes
intoxicaciones por la digestión imperfecta. Nosotros
recargamos nuestros alimentos de grasas; ingerimos diariamente
carnes gordas, y casi podemos decir que comemos grasa
pura como los esquimales, sin tomar jamás en cuenta
que vivimos en zona tropical y bajo la caricia constante
del Padre Sol que a diario nos brinda una temperatura
de 25 a 30 grados... seamos más vegetarianos comiendo
platos preparados con vegetales, que los tenemos exquisitos".
Fustigaba en estas prácticas el doctor Cifuentes
Labastida el uso inmoderado de la manteca de cerdo, durante
décadas único aceite de la cocina criolla.
Igual que algunos viajeros europeos que nos visitaron
en las postrimerías del siglo pasado, veía
con desconcierto y hasta con horror, la cantidad de grasa
en que nadaban las viandas. Con parecido énfasis
y el mismo propósito de salud pública explicaba
cómo proceder para mejorar las instalaciones de
los sanitarios, entonces muy deficientes. ("Higienización
de la acequia Morón"). De entre las numerosas
publicaciones periodísticas y conferencias radiales
que abonan el apostolado del doctor Cifuentes Labastida,
hemos de citar aquí el trabajo titulado "La
profesión de médico", aparecido en
el bisemanario "Occidente" de Maracaibo (septiembre
de 1928), en el que trata de los "doctores"
improvisados, tan comunes en los pueblos de aquella época,
y los cuales "tomando como base la ignorancia y candidez
de nuestra masa analfabeta, escogieron esta profesión
como medio especulativo para vivir". Tras denunciar
a los simuladores, deja para sus colegas legítimas
estas palabras de maestro, apoyadas en otras de Razetti:
"Pensamos siempre que la Medicina es para el médico
un sacerdocio excelso, una profesión notable, cuyo
único fin es hacer el bien.
Pensamos que la reputación que de ella nos inviste
debe ser el mayor timbre, y el más glorioso de
nuestra dignidad, y en consecuencia, hagámosnos
dignos de tan grande honor".
Supo el doctor Cifuentes Labastida sostener sus puntos
de vista y defender, con pleno derecho, iniciativas suyas
que como la creación del hospital Nuestra Señora
de la Paz, de Valera, le hacen acreedor a la gratitud
de sus coterráneos. En homenaje a la verdad histórica
con relación a la génesis de ese establecimiento,
y a sus vínculos con él, la pluma del médico
valerano se movió con vehemencia de polemista.
Incluso dio a la estampa además de un opúsculo
con la Historia íntegral del Hospital, crónicas
y artículos ilustrativos en los cuales cita a todas
las personalidades que junto con él llevaron adelante
tan filantrópica obra, Monseñor Miguel Antonio
Mejía entre otras.
Hemos dicho que el estilo directo, sobrio del doctor Cifuentes
Labastida sabía transformarse a veces en suave
y hasta lírico, y así es la verdad. El divulgador
de la ciencia y diligente observador de las necesidades
colectivas, el escritor y periodista y médico de
escueta dicción, también alcanzaba el clima
de la poesía cuando la vida tocaba a sus sentimientos
más íntimos. Entonces, el poeta aparecía,
inconfundible. A la muerte de su hija Gloria Cecilia Cifuentes
Briceño de Briceño Araujo, escribió,
por ejemplo, el doctor Cifuentes Labastida una conmovedora
elegía que concluye: "Y ahora revivo, a un
año de tu luz, más que con tinta, con lágrimas,
la imagen tristísima de aquella noche involvidable
y tétrica, la última que pasaban en tu casa
y al lado de los que tantísimos te amamos -de tu
esposo, de tu hija, de tus padres y de tus hermanos- a
quienes ahora sólo nos queda por tarea llorar por
lo que queda de tí, tus pobres despojos mortales,
y llevar siempre en el corazón, como una reliquia
santa, el recuerdo tuyo, imperecedero".
El doctor Ricardo Cifuentes Labastida, ilustre benefactor
social, dejó de existir en Caracas, a la edad de
75 años (1963).
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